Salí antes de que abrieran las panaderías y el cielo encendió un naranja tímido detrás de edificios. El carril bici estaba casi vacío; solo un repartidor saludó. Al cruzar el puente, el ruido bajó como un dimmer y sentí las manos calentar en el termo. Un kilómetro después, una hilera de pinos recibió la luz primera. Cambió el olor, cambió el ritmo. Quise frenar para escuchar mejor cómo el día comenzaba sin prisa.
En la curva más cerrada, el aire trajo resina fresca, notas de tierra húmeda y un recuerdo de veranos lejanos. De pronto, las notificaciones dejaron de importar. Subí una pendiente corta, dejando que la respiración marcara cadencia, y me senté en un tronco caído. Allí, el tiempo se abrió como un libro. Saqué una libreta, garabateé impresiones y prometí volver. Ese olor, más que cualquier señal, fue el verdadero indicador de que ya había llegado.
La lluvia empezó como susurro, apenas visible sobre el asfalto, hasta que el pinar la convirtió en música dispersa. Aprendí que una capa ligera bien ventilada supera a la más gruesa si permite moverse alegre. Aprendí a guardar el móvil en una bolsa sellada y a sonreír cuando el barro mancha medias. El retorno fue lento, sí, pero la ciudad me recibió con otra mirada. Desde entonces, en el bolsillo vive siempre una funda que salva historias húmedas.
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